Gaspar Desencadenado: el final

La historia de Gaspar Desencadenado #1 se empezó a publicar por entregas. A día de hoy, hemos leído las tres entregas y ¡qué maravilla! Desde luego que tendremos que seguirle la pista a Sergio Mullor en futuros trabajos. Pero, mientras tanto, centrémonos en lo que tenemos ahora: la última entrega de una historia que nació en una Navidad cualquiera…

Interior del palacio


Melchor se había apostado en lo alto de uno de los minaretes. Desde allí tenía un excelente ángulo de tiro. En el visor de su rifle apareció un reno. Disparó y el trineo se estrelló poco después contra el suelo. Madera y elfos se esparcieron por doquier. Otro reno se puso a tiro. Era Rodolfo, su roja nariz lo hacía inconfundible. Su trineo, sin embargo, estaba vacío y se alejaba de aquel sinsentido. Contuvo el aliento con el dedo en el gatillo. Soltó el aire y buscó otro objetivo. Entonces se dio cuenta de que un elfo gesticulaba allá abajo y no dejaba de señalar su posición.
―Mierda. ―El Rey Mago dejó el rifle y salió cagando leches del minarete justo antes de que volara en pedazos.
La onda expansiva le tiró sobre la azotea bajo una lluvia de cascotes y esquirlas de piedra. Dos pisos por debajo, Gaspar disparaba parapetado tras una ventana, ajeno a la suerte de Melchor.
―¡Vamos, hijos de puta, os estoy esperando! ―Acompañó sus risas histéricas con una ráfaga de la metralleta.
Había cuerpos por todas partes. Elfos, pajes, renos y hasta camellos. Los gritos de los moribundos quedaban sofocados a ratos por el estampido de las armas. Se escuchó otra explosión y el palacio se estremeció.
―¡Han abierto brecha! ―gritó alguien en la entrada.
Gaspar soltó otra carcajada, tiró la ametralladora y desenfundó sus revólveres.
―¡Venid con papá, cabrones!
Baltasar defendía la entrada por la que se colaban los elfos. Fumaba un puro mientras disparaba tras aquella improvisada barricada. Le salpicó la sangre de un paje a su lado, que se desplomó con un feo agujero en la cabeza. Le acertó a un elfo en el pecho antes de tener que cubrirse por la ráfaga de balas que le devolvieron. Pegó una última calada al puro, saboreándolo.
―Pues hasta aquí hemos llegado, mi negro. ―Arrojó el puro a un lado y se puso en pie disparando sin descanso. Uno, dos, tres, cuatro elfos cayeron bajo sus balas. Acertó a un quinto antes de sentir un picotazo en un hombro. Luego otro en el muslo. Y, después, muchos más por todo el cuerpo.
Alabastro pasó por encima del cadáver de Baltasar, no sin antes darle un tiro en la cabeza por si las moscas. Aquello era un caos. Elfos y pajes morían y mataban sin orden ni concierto. No sabía cuántos de los suyos quedaban en pie. Y a estas alturas, le importaba una mierda. Había visto a Melchor en la azotea y ese era su único objetivo. El cabronazo se había salvado de milagro cuando voló el minarete, pero estaba dispuesto a acabar el trabajo. Los cinco elfos que aún aguantaban a su lado se desplegaron hacia las escaleras. El que iba en cabeza ni se enteró de que le habían matado. Gaspar hizo su aparición sembrando muerte entre carcajadas dementes. Alabastro se puso a cubierto con un balazo en un brazo.
―¿Eso es todo lo que tenéis, elfos de mierda? ―Gaspar remató al último ayudante que quedaba vivo. Solo faltaba el cabrón que se escondía tras el piano del salón. Una bala pasó silbando muy cerca―. ¡Da la cara, pequeño hijo de puta!
Alabastro estuvo tentado de hacerle caso, pero antes de decidirse, un tiroteo fuera del palacio llamó la atención de Gaspar y se lo llevó de allí. Jadeó con dolor, palpándose la herida del brazo. Y, cuando se puso en pie, se dio cuenta de que también le habían dado en una pierna. Renqueando, enfiló las escaleras.
―Voy a por ti, Melchor ―gruñó entre dientes.
Ajeno al ángel vengador que subía como podía a la azotea, Melchor aún seguía tumbado allí donde le había empujado la explosión. Le zumbaban los oídos y estaba magullado. A pesar del sonido de los disparos, cada vez más escasos, y de los lamentos de los moribundos, también cada vez más escasos, el Rey Mago no podía sacarse de la cabeza un villancico.

Silent Night


No conseguía recordar de quién era. No es que importara mucho, pero le molestaba comprobar que su memoria ya no era la de antaño. Cuando eran jóvenes y Papá Noel sólo un desconocido. Habían tenido una buena vida, no lo podía negar.


Holy Night

Pero, en fin, todo terminaba, antes o después. Nunca había pensado que sería así, masacrados en una guerra absurda. Suponía que todo acabaría para ellos cuando la magia y la ilusión, cada vez más exiguas, desaparecieran del mundo. El día en que los niños dejaran de creer en ellos y les olvidaran.


All is calm


Aunque quizá era lo mejor. A medida que pasaban los años, tenían menos sentido en un mundo en el que la tecnología era la reina y la ciencia su religión. Escuchó un ruido, como de alguien arrastrándose. Se incorporó y vio aparecer a Alabastro. El elfo estaba pálido por la pérdida de sangre, se sujetaba un hombro mientras cojeaba de una pierna.


All is bright

―Así que vas a ser tú el verdugo, mi querido Alabastro ―le saludó Melchor, alzando las espesas cejas blancas―. Estás hecho un asco, amigo mío.
―Cierra la puta boca. ―El elfo renqueó hasta quedar a un metro escaso del Rey Mago.


Round yon virgin Mother and child


―No espero que te lo creas, ni que vayas a cambiar de opinión, pero si te sirve de algo, yo no quería nada de todo esto ―confesó Melchor.


Holy infant so tender and mild


―Le dejasteis como un jodido colador ―al elfo se le quebró la voz. Alzó el brazo sano y apuntó a la cabeza del Rey Mago. Melchor cerró los ojos.


Sleep in heavenly peace


Alabastro apretó el gatillo. Sonó un click. Y nada más. El elfo miró incrédulo su pistola. Repitió la operación una y otra vez, con el mismo resultado. El juramento que estaba a punto de soltar murió en sus labios, arrastrado por la bala que le brotó de la frente. Su cuerpo sin vida se desplomó a los pies de Melchor.
―¡Me he cargado hasta el último jodido elfo! ―bramó Gaspar―. ¡Que os den por culo, cabrones!
Melchor no daba crédito ante el buen estado del otro Rey Mago. Un par de rasguños y poco más, con la que había caído ahí fuera. Aceptó la mano que le tendía para ponerse en pie y se limpió el polvo de la túnica. Gaspar parloteaba sin descanso, contándole cómo había matado a tal o cual elfo.
―La mala noticia es que Balta ha muerto. Le acribillaron los muy cerdos.
―¿Eres consciente de que nada de esto hubiera pasado si no te hubieras cepillado a Santa Claus?
―Bueh, no me vengas con monsergas, coño. Nos hemos cargado a la competencia. —Soltó una risa en la que no había alegría alguna—. Había que hacerlo, lo sabes bien.
―Ya. Y esto también hay que hacerlo. ―Melchor le disparó a bocajarro, sin más contemplaciones. Gaspar tuvo tiempo de mirarse el agujero en el pecho, del que brotaba la sangre, antes de derrumbarse con la sorpresa dibujada en su rostro muerto.


Sleep in heavenly peace


Melchor bajó de la azotea y salió del palacio. Ajeno al fuego que ardía o a los cadáveres tirados por todas partes. Se alejó, caminando sin prisa por la arena del desierto. Hasta que el horizonte se lo tragó, como si nunca hubiera existido.

Gaspar Desencadenado #3

 

Tercera_Entrega


28 de diciembre. En algún lugar del Polo Norte.

   ―Comprenderá que esta misteriosa desaparición es muy perjudicial para mi cliente. ―El abogado se ajustó las gafas y deslizó una copia del contrato sobre la mesa―. Sin Santa Claus, no hay chispa de la vida que valga esta Navidad. Y ya sabe lo que eso significa.
   Snowball Alabastro lo sabía muy bien. Si la compañía de refrescos les retiraba el patrocinio, se acabó el dinero. Adiós fábrica y adiós trabajo. Advirtió en su día a Santa Claus de que no firmara ese contrato, porque les dejaba a merced de los caprichos de la multinacional. Pero el Viejo se había reído y aceptado el acuerdo. El rojo le favorecía, dijo entonces. Iba a responder a aquel hombrecillo cuando un elfo entró a toda prisa en el despacho y le susurró algo al oído.
   ―En cuanto sepamos algo de Santa no dude que se lo comunicaremos. ―Se puso en pie―. Y ahora, si nos disculpa, tengo otros asuntos que requieren mi atención…
   En cuanto el abogado salió del despacho, Alabastro se encaminó a toda prisa hasta el almacén de juguetes. Una multitud de elfos rodeaba el trineo tirado por Rodolfo. El animal, agachada la testuz, apenas se movía. El silencio era sepulcral. Apartó a empujones a los congregados y el color se le fue de la cara cuando vio lo que había dentro del vehículo de madera. No reaccionó hasta que escuchó un alarido.
   ―¡Noooo! ¡Decidme que no es verdad! ―Shinny Upatree llegó al lado de Alabastro, la viva imagen de la desesperación. Se arrojó sobre el cadáver de Santa Claus llorando a mares―. ¡Hijos de puta! ¡Os voy a matar a todos! ¡Noooo!
   La elfa a cargo del equipo que había mandado a España se acercó a Alabastro y le puso algo en la mano.
   ―Pérez no estaba metido en el ajo. ―Eran los restos de una montura dorada.
   El elfo apretó la mandíbula y parpadeó como si despertara de un mal sueño cuando terminó de ponerle al día. Subió hasta la balconada que presidía el almacén, por donde salía Santa antes de subirse a su trineo y partir con los regalos.
   ―¡Ayudantes de Santa Claus! ―Los trescientos elfos le miraron expectantes―. Ahí yace el cadáver del Viejo. Ejecutado como una animal y abandonado para que se lo comieran las ratas en un inmundo almacén perdido. ―Paseó su mirada por la concurrencia, en una meditada pausa dramática―. Asesinado por esos bastardos que se hacen llamar Reyes Magos.
   La multitud estalló en un griterío indignado, lleno de maldiciones, juramentos y lamentos. Todo ello, aderezado por el tintinear de los cascabeles de sus gorros. Poco a poco, una palabra se fue imponiendo, coreada de forma unánime.
   ―¡Venganza! ¡Venganza!
   ―No dejaremos este brutal acto sin respuesta ―prometió Alabastro extendiendo los brazos para que callaran.
   ―¿Nos tenía sin contrato y sin convenio y encima queréis morir por él? ―Un abucheo generalizado ahogó la diatriba sobre derechos laborales de aquel disidente.
   Alabastro sacó su pistola de la funda sobaquera y la alzó sobre su cabeza. El rugido de doscientas noventa y nueve gargantas casi enterró sus últimas palabras.
   ―¡Vamos a bañarnos en la sangre de esos malnacidos!

30 de diciembre. En algún lugar de Oriente.

   Melchor colgó el teléfono y se mesó la larga barba blanca. El agente que tenían infiltrado en el Polo Norte le acababa de dar la noticia que, no por esperada, era menos temida.
   ―Ya vienen. ―A su espalda, Gaspar levantó la cabeza y dejó lo que estaba haciendo, engrasar su revólver. Baltasar roncaba plácidamente entre cojines. Le despertó dándole con el pie.
   ―Putos elfos de mierda, van a comer plomo hasta hartarse ―sentenció Gaspar, mientras terminaba de montar su arma. Cargó el tambor, lo hizo girar y lo ajustó con un rápido movimiento de muñeca.
   ―Nadie viene a jodelnos aquí, no mi amol ―corroboró Baltasar emergiendo de entre los cojines.
   Melchor se dejó caer en la silla que tenía más a mano. Negó con la cabeza. Sentía que las fuerzas le abandonaban. «¡Ay, señor, llévame pronto!».

31 de diciembre. Sobrevolando un desierto en algún lugar de Oriente.

   El viento agitaba el cabello de Alabastro. Estaban cerca de su destino. Había diez elfos a bordo de cada trineo tirado por uno de los nueve renos de Santa Claus. Y dentro del saco mágico de los juguetes viajaban doscientos nueve más. Sólo uno había quedado atrás, colgado de un abeto. Un maldito traidor al que habían trincado comunicándose con los Reyes Magos. Así que sabían que iban a por ellos. Le jodió perder el factor sorpresa, pero ya daba igual. Sólo pensaba en volarle la cabeza al puto vejestorio de Melchor. Sin cuartel. Había ordenado a sus muchachos que dispararan a todo lo que se moviera. Camellos, pajes o reyes. Nada podría salir vivo de allí. Rodolfo berreó, avisándole de que estaban llegando. Alabastro escudriñó el desierto y por fin dio con el palacio de los tres Reyes Magos.
   ―¡Preparen las bombas! ―ordenó por el intercomunicador. De pronto se escuchó un silbido y uno de los trineos saltó en pedazos. La cabeza sin cuerpo de Trueno golpeó en el suyo antes de caer a la arena―. ¡Maniobras de evasión, fijen el objetivo y disparen!
   Los trineos restantes se separaron y empezaron a volar haciendo eses. Desde el palacio comenzaron a dispararles sin descanso. Rodolfo esquivó un obús y se lanzó en picado a por una torreta defensiva. Alabastro lanzó una bomba y la ametralladora voló por los aires, junto a los tres pajes que la manejaban.
   Uno de los trineos entró en barrena después de que acribillaran al reno que lo movía. Relámpago, si no veía mal. Se estrelló contra la muralla del palacio y los elfos salieron despedidos en todas direcciones. Alabastro voló un nido de cañón y se preparó para soltar su carga. Cuando Rodolfo hizo una pasada a ras de suelo, el elfo liberó el saco mágico de los juguetes. Más de doscientos elfos emergieron dando alaridos y disparando a todo lo que se les ponía por delante. Snowball saltó después, junto a la tripulación de su trineo, sin mirar cómo Rodolfo remontaba el vuelo y se alejaba de la batalla.

   ―¡Al palacio! ―ordenó a voces. Esquivó a un elfo agonizante y corrió hacia una de las puertas. Desde las ventanas del edificio seguían castigándoles sin pausa.

Gaspar Desencadenado #2

¡Madre mía! Han pasado más de dos años desde que pudimos leer un relato que se hizo llamar Gaspar desencadenado #1. Pero mientras tanto hemos podido disfrutar de otras historias geniales escritas por Sergio Mullor, como lo son La selva (relato finalista del I Certamen de narración Luminaria) o Nadie te escucha.

Sergio me confirmó que continuaría con esta serie de personajes. De hecho, ya la tiene finalizada, y hemos decidido publicar las cuatro entregas semanalmente. ¡Incluso puede que nos animemos a llevarlo un punto más allá!

Personalmente, me gustó mucho el primer número: tiene gancho, buen ritmo, personajes con diferencias a la hora de comunicarse, un final que pedía más, una narración con un toque de bizarro que la hace muy elegante. Y es que esta segunda entrega no se queda atrás. Veréis…

Y, como siempre os decimos, sea en redes sociales (Sergio MullorLa caverna del lector en Twitter) o en esta misma publicación, esperamos que os guste y que nos comentéis vuestras opiniones. ¡A leer!

Segunda_Entrega_Revólver_Doble

 

25 de diciembre. En algún lugar de Oriente. 

(Música de especial informativo. Entra cabecera, la cámara se acerca hasta la presentadora, que empieza a hablar con el gesto muy serio.)

«¿Dónde está Santa Claus? Es la pregunta que se hacen millones de niños en todo el mundo después de que, por primera vez en la historia, faltara a su cita este veinticinco de diciembre. La desilusión en los rostros infantiles es la imagen más repetida durante todo el día. No hay regalos debajo de ningún árbol. ¿Qué ha pasado? La CIA y el FBI investigan el misterio por encargo del propio Presidente de los Estados Unidos que…»

Melchor apagó la televisión, pensativo. La habían cagado a base de bien. Dio vueltas al mando de forma distraída mientras pensaba en cómo iban a salir de esa.
—No hay de qué pleocupalse, mi helmano —trató de tranquilizarle Baltasar, desde detrás de la barra. Cogió los mojitos que acababa de preparar y le dio uno a Melchor y otro a Gaspar.
—Qué se jodan todos. —Gaspar se encogió de hombros y sorbió por la pajita. Qué mano tenía Balta para los cócteles.
—Los que estamos jodidos somos nosotros —respondió Melchor dándole vueltas a la bebida—. Rodolfo escapó, así que en el Polo Norte es cuestión de tiempo que descubran el cadáver y empiecen a atar cabos.
—Pues que vengan si tienen cojones, les estaré esperando —replicó Gaspar sacando un revólver y agitándolo en el aire.
—Cuidado con lo que deseas, porque en este caso se hará realidad —suspiró Melchor. En el futuro sólo veía guerra, sangre y muchos muertos. Así que lo único que podían hacer era estar preparados. Dejó su mojito intacto sobre la mesa y se levantó entre un crujir de huesos—. Estoy muy viejo para esta mierda.

26 de diciembre. En algún punto de la sierra de Guadarrama

Los cuatro elfos se bajaron del trineo. Caía una nevada de mil demonios pero vislumbraron la entrada del almacén. Rodolfo les había llevado hasta allí, nunca erraba su camino. El reno se había presentado asustado en la base de Santa Claus, en el Polo Norte. Costó entender lo que le pasaba, pero los impactos de bala en la madera del trineo aclararon todas las dudas. Santa no había vuelto de su reunión con los Reyes Magos y eso sólo podía significar una cosa.

La elfa al mando agitó la mano y el equipo se puso en movimiento. Portaban armas semiautomáticas y gafas termográficas. Se acercaron en silencio, aunque con la ventisca que había nadie habría podido oír el crujido de sus pasos sobre la nieve. La puerta estaba entreabierta. Tras un gesto de su dedo, un elfo la abrió de golpe y otro se metió en el almacén con una voltereta. Cuando hizo la señal de despejado, el resto del grupo penetró en la oscura estancia. No había rastros de calor por ningún lado. Tampoco se escuchaba sonido alguno, a parte del viento que se colaba por la abertura.

La jefa localizó el interruptor y alzó la palanca. La luz alumbró una enorme cueva y filas de grandes contenedores. Se dividieron para explorar la zona. Convergieron en el centro de la cueva y descubrieron el cadáver. Había sillas tiradas, una mesa volcada, churros desparramados, restos de cerámica y chocolate petrificado por el suelo. Pero destacaba el rojo traje del enorme cuerpo tirado boca arriba, sobre un oscuro charco de sangre seca. Los cuatro ayudantes de Santa Claus bajaron las armas, conmocionados. La elfa se agachó junto a la cabeza destrozada de Santa y no pudo evitar que dos lágrimas rodaran por sus mejillas.

27 de diciembre. En algún lugar de Oriente. 

(El reportero se encuentra junto a una estatua del ratón Pérez, tiene cara de circunstancias mientras espera a que el presentador le dé paso. Asiente con la cabeza antes de ponerse a hablar.)

«Conmoción entre los niños porque nadie viene a por sus dientes. Allí siguen, debajo de la almohada, cuando se levantan. El ministro del Interior asegura que la Policía y la Guardia Civil investigan este caso. Una desaparición que se une a la de Papá Noel, lo que ahora pone en el punto de mira a los Reyes Magos. ¿Faltarán también a su cita el próximo seis de enero? Desde la Casa del Ratón Pérez, en la calle Arenal, para Telemadrid…»

Gaspar cambió de canal. Un cocinero explicaba una receta de alubias que tenía buena pinta. Pobre Pérez, un daño colateral con el que nadie contaba. Hablaría con el Hada de los Dientes para que se hiciera cargo del negocio. Si hubiera sido más rápido disparando… ¿Pero quién iba a imaginar que el cabronazo de Noel escondía una escopeta? Empezó a dar vueltas por el amplio salón, como un león enjaulado. ¿Cuándo vendrían los ayudantes de Santa Claus a por ellos? Porque antes o después, en eso tenía razón Melchor, querrían ajustar cuentas. Estaba deseando meterles una bala en la cabeza a todos ellos.
―Tate quieto ya, brodel, me estás poniendo nervioso. ―Baltasar exhaló el humo de la cachimba que fumaba con despreocupación.
Pero Gaspar sólo se detuvo cuando Melchor apareció con un resoplido. Estaba demacrado, con unas profundas ojeras. Apenas había pegado ojo desde que se cargaron a Papá Noel. Llevaba dos días preparando las defensas del palacio. Supervisaba el entrenamiento de los pajes y el equipo que iban a necesitar para enfrentarse a la horda de elfos que, a buen seguro, se presentaría a sus puertas. «Y mientras, esos dos vagos indecentes aquí tumbados tan panchos», pensó de mal humor.
―¿Alguna noticia del Polo Norte? ―preguntó Gaspar.
―Lo último que sabemos es que un grupo de ayudantes salió con Rodolfo hacia el almacén de Pérez —respondió Melchor con sequedad, derrumbándose en el sofá―. Así que la cuenta atrás ha comenzado.

Un plato irrepetible

Nos es grato presentaros un nuevo relato escrito por Sergio Mullor, periodista y entrevistador en Caja de Letras. Sergio ya es uno más de la casa: ha escrito varias cositas para nuestro blog. Disfrutamos mucho con sus letras y siempre nos morimos por verle de vuelta por este pequeño rincón dedicado a la lectura.

Debido a la reciente situación que estamos viviendo, queremos dejaros un relato más y así aportar nuestro granito de arena al movimiento de #YoMeQuedoEnCasaLeyendo.

Esperamos que lo disfrutéis y, como siempre decimos, nos encantaría leer vuestra opinión en comentarios.

¡Nos vemos en futuros relatos élficos!


―Qué manera de escaquearse.
No era la primera vez que Jordi se quejaba esa mañana. Se celebraba la ronda final del casting para seleccionar a los concursantes de la próxima edición de MasterChef. Había sido un mes agotador. Y ni rastro de Pepe. Estaría durmiendo tranquilamente mientras ellos hacían todo el trabajo. Con un resoplido, dejó el móvil en la mesa tras comprobar que su compañero no había respondido a los mensajes.

―Venga, que ya sólo nos queda un aspirante.
Samantha le dio unos golpecitos afectuosos en el brazo. Se la veía cansada y lo que había probado de la candidata anterior le estaba provocando ardores. Los dos jueces se incorporaron en sus sillas cuando la puerta se abrió y apareció el último concursante.

―Cuánto daño ha hecho Chicote a la profesión ―murmuró Jordi con sorna. Samantha se rio con disimulo.
El hombre iba ataviado con una filipina rosa salpicada de lunares de colores. Acarreaba una nevera portátil lacada en burdeos y se movía con la tranquilidad que dan los años. Era evidente que acumulaba muchos en ese cuerpo enjuto. Llevaba el poco cabello blanco que le quedaba pulcramente peinado y los ojos de un azul claro lo miraban todo con la curiosidad de un depredador. Su sonrisa era inquietante.

―Buenos días ―dijo el aspirante con un ligero acento americano, tras detenerse detrás de la encimera donde iba a preparar su plato.
―Buenos días –saludó Jordi―. ¿Cómo se llama?
―Hannibal. ―Acompañó su respuesta con un ruido de la boca, como si diera varios sorbos seguidos a una sopa caliente.
―¿Le puedo preguntar la edad, Hannibal? ―intervino Samantha. Para sorpresa de los dos chefs, el aludido no contestó. En su lugar, alzó la cabeza y abrió todo lo que pudo las aletas de la nariz. Olfateó a su alrededor como un sabueso que busca el rastro de su presa.
―Usted usa crema hidratante Nivea. ―Otro olisqueo―. La de lata. Y algunas veces se pone Elizabeth Arden. Pero hoy no. 
El anciano clavó sus ojos en los de Samantha con esa sonrisa que daba repelús. Jordi carraspeó y miró a su compañera, que se había quedado muda.
―¿Y qué nos va a preparar? ―El cocinero trató de recuperar la compostura. Cuanto antes despacharan a aquel viejo inquietante, mejor.
―Filet mignon a la piedra con fantasía de verduras deconstruidas y revuelto de sesos.
―Muy bien, pues adelante.

El anciano hizo una pequeña reverencia con la cabeza y puso la nevera sobre la encimera. Tarareaba una melodía que ninguno de los dos jueces reconoció. Encendió la placa de inducción, regó una sartén con un generoso chorro de aceite de oliva virgen extra y procedió a trocear metódicamente calabacín, pimiento verde y rojo, cebolla y unos tomates bien hermosos. Fue incorporando los ingredientes por fases a la sartén y pronto el olor de las verduras haciéndose a fuego lento lo inundó todo. Añadió algunas hierbas y especias que no pudieron identificar, porque las llevaba en frascos totalmente opacos. De vez en cuando removía con mimo el contenido de la sartén. Sin dejar de tararear, abrió la neverita y sacó un buen pedazo de carne de un rojo intenso. Colocó la pieza sobre la tabla y cogió un enorme cuchillo de carnicero. Lo manejaba como un auténtico experto, con deleite incluso. Limpió la carne de grasa y la fileteó con una habilidad que ni Samantha ni Jordi habían visto nunca en un cocinero.

Luego preparó un majado con algunas raíces, más hierbas y un licor y puso a macerar los filetes en la mezcla resultante. Miró el reloj y pareció convencido de que terminaría la receta a tiempo. De la nevera sacó una tartera metálica que contenía los sesos. Procedió a saltearlos con un diente de ajo bien picado y reservó la sartén para más tarde, cuando incorporaría tres pequeños huevos de codorniz. Probó las verduras, rectificó la sal y bajó un poco la intensidad del fuego. Jordi y Samantha le observaban fascinados. Se movía con gracia y elegancia, como si estuviera bailando un vals. Vieron cómo sacaba una piedra plana de buen tamaño y la colocaba sobre uno de los fuegos de gas que tenía la cocina del estudio, que puso a la máxima potencia. Empezó a emplatar la fantasía de verduras deconstruidas, que a Jordi le pareció un pisto manchego de toda la vida.

A continuación, incorporó los huevos de codorniz batidos al salteado de sesos pero no dejó que cuajaran, a modo de carbonara italiana, y lo sirvió en otro pequeño plato de porcelana blanca. Por último, comprobó el estado de la piedra y colocó varios filetes sobre ella el tiempo justo para que la carne sellara y no perdiera ninguno de sus jugos, pero no tanto como para dejarla demasiado cruda. Añadió unos granos de sal del Himalaya al darles la vuelta y, cuando consideró que era suficiente, los colocó en la misma fuente que las verduras.

―Et voilà ―dijo, dando por terminado su trabajo e invitando a los jueces a acercarse con un gesto de la mano.
Jordi comenzó a salivar cuando el aroma de lo que aquel turbador anciano había preparado inundó sus fosas nasales. Samantha escuchó rugir sus tripas, anticipándose al momento en que probarían aquellos prometedores platos. Empezaron por el revuelto de sesos. Tenía la textura de un arroz meloso y un sabor intenso que les hizo estremecerse de placer. Ninguno lo expresó en voz alta, pero los dos pensaban que nada de lo que habían cocinado durante su carrera estaba tan bueno. Rebañaron el plato casi sin darse cuenta, ante la mirada complacida de Hannibal. Pasaron a la fantasía de verduras deconstruidas. Otra orgía para el paladar, en su punto exacto de cocción. Los dos jueces cerraron los ojos, disfrutando de cada bocado, que les transportó a aquellas comidas de la abuela cuando eran niños. Por último, atacaron la carne. Parecía mantequilla y se derretía en la boca, sin apenas esfuerzo para masticar. Absolutamente delicioso. Dieron buena cuenta de todos los filetes que había sobre el plato. De haber tenido pan, hubieran dejado limpia la loza.

―Hannibal, le felicito. No he probado nada igual en mi vida ―dijo Jordi, relamiéndose el jugo de la carne que resbalaba por una de sus comisuras.
―No tengo la menor duda ―replicó el anciano, sin dejar de sonreír.
―Es lo mejor que he comido nunca. ―Samantha se quitó disimuladamente un trozo de filete de entre los dientes―. Hannibal, coja el delantal y los cuchillos, está oficialmente dentro de MasterChef.
El viejo hizo una elaborada reverencia por toda respuesta.
―Lo que se ha perdido Pepe ―le comentó Jordi a Samantha mientras se preparaban para salir del estudio.
―Sí, qué pena que no haya podido estar aquí. ¿Dónde se habrá metido?
―Oh, no se preocupen, ha estado muy presente en mis platos.
El anciano les dedicó otra sonrisa que ponía los pelos de punta, recogió su nevera, el delantal y los cuchillos y salió del plató sin dejar de tararear.

Sergio Mullor en Twitter
La Caverna del Lector en Twitter

Relato finalista del I Certamen de narración Luminaria

El I Certamen de narración Luminaria, que se celebró en el Festival Luminaria los días 20, 21 y 22 de septiembre, nació bajo la sencilla premisa de ”contadnos un cuento. Se pidieron historias de ciencia ficción, terror y fantasía que estuviesen llenas de originalidad y talento. Los finalistas, en igualdad de condiciones, fueron los siguientes: Tony Jim Jr. con Asalto al banco, Sergio Mullor con La selva y Laura S. Maquilón con Otra carrera de Alonso que no acaba bien.

Como muchos sabréis, en el blog La Caverna del Lector tenemos el honor de contar con los relatos de Sergio Mullor, más conocido por ser el Elfo Solitario, quien se encarga de las entrevistas literarias de Caja de Letras y quien da sus opiniones sobre las novelas que lee en Twitter. Además, en este mismo blog, le podéis encontrar en varias reseñas como El Largo Viaje a un Pequeño Planeta Iracundo de Becky Chambers o Los Ojos Bizcos del Sol: Transcrepuscular (I/III) y Antisolar (II/III) de Emilio Bueso donde se encarga de analizar Antisolar.

Así, nos es grato presentaros La selva, el relato finalista en el I Certamen de narración Luminaria, un cuento ambientado en la península de Yucatán durante la colonización española, lleno de aventuras, weird y un ritmo de infarto.

 

una historia de

 

Acérquense, vuestras mercedes. Y escuchen la historia que voy a narrar, porque los hechos que me acontecieron son dignos de la mayor de las atenciones. Mas no se queden de pie, tomen asiento y dispongan, por ventura, una jarra de vino, pues es menester que mi seca garganta se remoje para poder dar comienzo al relato. Porque aunque me crean un pobre viejo loco, desesperado por un trago, lo que me dispongo a referir no es cosa baladí, ni fruto de un desvarío. Tan cierto es que sucedió, como que el sol volverá a salir por la mañana.
Corría el año de Nuestro Señor 1517. Aqueste humilde servidor habíase enrolado a las órdenes de Francisco Hernández de Córdoba que, por orden del gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, acometía la primera exploración en tierra incógnita. Tres navíos y más de una centena de hombres nos adentramos en lo que bautizamos como Yucatán. Pero a pesar de que cumplíamos los designios de Dios el Creador, nada nos quería allí y todo nos era hostil. La selva era nuestra enemiga, sentíamos a cada paso su presencia ominosa y nos castigaba constantemente. Los insectos nos rodeaban y se daban un festín con nuestra sangre. No respetaban ni al mismísimo representante de Jesús, pues el pater cayó enseguida presa de fiebres que a punto estuvieron de reunirle con el Altísimo. La lluvia nos empapaba y, cuando el cielo tenía a bien darnos una tregua, el calor nos sofocaba en nuestras armaduras. Al caer el sol, la jungla susurraba al oído palabras que helaban el alma. Era imposible el descanso, pues las ánimas de la floresta rondaban por doquier y nos maldecían en su lengua impía. No podíamos calentarnos siquiera, pues nada prendía en la madera empapada y el frío mordía nuestros huesos sin remedio.
Una noche, los espíritus se llevaron al bueno de Hernando de Azúa. Dejó el campamento para aliviarse, a pesar de que le imploré que no se alejara en demasía, pues aquél lugar ansiaba hacerse con nuestra carne mortal. Escuchamos sus gritos de agonía, todo temblaba a nuestro alrededor, y luego de un rugido aterrador, el más absoluto y oscuro silencio, roto solamente por nuestros rezos y ruegos al Dios cristiano, para que nos librara de todo mal. Al día siguiente, lo único que encontramos del vascongado fue su yelmo ensangrentado. Después de eso, Don Francisco hubo de imponer disciplina a la soldadesca, pues sin excepción suplicábamos volver a los barcos y alejarnos de aquel lugar que nos aborrecía. Mas el capitán se mostró inflexible y, tras unos latigazos, continuamos senda aferrados a nuestros amuletos y cruces, saltando ante el más mínimo ruido.
Comprenderán vuestras mercedes el alivio cuando, al fin, dimos con una población indígena. Tan grande como no habíamos visto ni siquiera en la Española. Los lugareños, sin embargo, también estaban en nuestra contra y pronto sus sonrisas tornaron en gritos de guerra. Cayeron sobre nosotros como demonios de la muerte y muy a duras penas logramos rechazarlos, dejando algunos buenos compañeros su vida en el intento. Y una vez que la selva hubo bebido de nuestra sangre, no volvimos a encontrar la paz. Acuciados por la escasez de víveres y agua, acosados por todas las criaturas que allí moraban y con las amenazas que transportaba el viento y susurraban las ramas de los árboles al moverse, don Francisco consintió en regresar a las naves.
Bordeamos la costa, a la búsqueda de un lugar donde aquel mal no pudiera alcanzarnos, mas ningún ruego fue escuchado. Por dos veces intentamos abastecernos en los poblados que hallamos a nuestro paso, y por dos veces los indígenas nos rechazaron con enconada hostilidad. Recuerdo el día en que desembarcamos cerca de un estuario, desesperados y hambrientos, mas tregua no habíamos de esperar ni se nos dio. La mitad de nuestros hombres feneció esa fatídica jornada y hasta el capitán fue herido. En la huida, la selva maldita confundió nuestros pasos y, cuando quisimos darnos cuenta, me hallaba perdido junto a Juan Sánchez e Íñigo de Ayllón. A través de la espesura corríamos, ora alertados por las voces del resto de la expedición, ora rezando por salvar nuestras vidas, pero aún nos aguardaba una última y funesta impresión. Porque nuestra frenética desbandada, nos condujo hasta un templo de aspecto antiquísimo y medio oculto por enredaderas, de piedra amarillenta y desgastada. Y allí los tres entramos buscando un refugio que lejos íbamos a estar de encontrar.
Una vez dentro, medio a oscuras, aterrados y rezando a gritos sin ser escuchados, la jungla cobró vida ante nuestra presencia. Un ser enorme hecho de madera, raíces y hojas se alzó, de entre una montaña de huesos y calaveras, paralizándonos por completo de miedo. Sus ojos eran dos ascuas anaranjadas que supuraban un odio ancestral. Nos dijo algo que no pudimos entender, pues hablaba una lengua extraña, con una profunda voz que sonaba como una de las muchas tormentas con las que se nos había castigado esos días. Lanzó un brazo hacia nosotros que, como les contaba, nos hallábamos paralizados por el más absoluto terror, las oraciones muertas en nuestros labios. Tres gruesas raíces hicieron presa en el pobre Juan Sánchez, y al verse arrastrado irremisiblemente hacia la muerte, chilló como nunca pensé que podía hacerlo garganta humana. El demonio, porque sólo podía ser eso, una criatura del averno, abrió unas fauces horribles, de cuyo interior exudó una savia blanca que hedía a tierra mojada y pútrida. Y, que Dios me perdone, la carne nuestro compañero se deshizo en ceniza ante su contacto. Quedó sólo el esqueleto, que se desmoronó después sin nada que lo mantuviera unido.
Quiso la buena fortuna, o la intervención divina, que mis músculos reaccionaran en ese preciso momento, pues gracias a lo uno o lo otro, logré salvar la vida. Esquivé el segundo brazo del demonio, ávido de más presas. Sus raíces, en cambio, encontraron la pierna de Íñigo, que aún tuvo el valor, nacido de la desesperación, de asestar puñaladas a la madera por si acaso la criatura maldita pudiera sentir dolor, o quizá en la esperanza de quebrar su mortal abrazo. Mas todo fue en vano, porque el espíritu de la selva se lo acercó a la boca y corrió la misma desventura que Juan. Para entonces, yo ya estaba cerca de la salida del templo y logré escapar al destino que aquélla jungla infernal había dispuesto para mí.
Corrí sin tino alguno, únicamente pensando en huir. Las ramas bajas me azotaban el rostro, la vegetación se reía de mi desesperación mientras sentía gruñidos inhumanos a la espalda que insuflaban fuerzas a mis agotadas piernas. Mas, nuevamente, quiso el azar o el buen Dios que consiguiera conservar el hálito vital, pues al fin di con lo que quedaba de la expedición. Superábamos el centenar cuando partimos, ávidos de gloria y oro. Ni la mitad subía ahora a esos tres barcos trocados en salvación. Entre los vivos, aunque gravemente herido, se hallaba don Francisco Hernández de Córdoba. Fue la última vida que se cobró aquel lugar maldito, aun estando lejos de él, porque a principios del mes de mayo logramos arribar a Cuba, donde fuimos recibimos por el mismísimo Gobernador.
Don Diego de Velázquez de Cuéllar informó de nuestros descubrimientos ante el Real Consejo de Indias. El capitán no pudo estar presente, pues sus heridas demostraron ser fatales y murió al poco de desembarcar. Mas el Gobernador no se dejó persuadir de que volver al Yucatán era una locura más que evidente, puesto que poco más de cuarenta hombres habíamos logrado regresar con vida y con ningún tesoro en nuestro poder. Cuando empezó a preparar la siguiente expedición, yo me embarqué rumbo a España, decidido a no retornar ni por todo el oro de las Indias. Porque, aunque a miles de leguas, la selva aún me visita cuando el sol se ha puesto. Escucho sus susurros en la soledad de mi cuarto y dos ascuas anaranjadas me vigilan desde la oscuridad.