Nadie te escucha

Hace poco más de un año pudimos disfrutar de Gaspar Desencadenado, un relato corto escrito por Sergio Mullor —Elfo solitario como dirían otros— donde nos presentaba una navidad muy sangrienta. Hoy, volvemos a tener otro relato corto: Nadie te escucha, una historia de horror donde seguimos a un protagonista, en segunda persona, atrapado en una eterna oscuridad. 

Como dijimos anteriormente, esperamos vuestras opiniones en comentarios. ¡Que lo disfrutéis! 

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Nadie te escucha.

Por Sergio Mullor.

Te ahogas. Tienes que respirar. Por un momento no te acuerdas de cómo se hace. Boqueas como un pez fuera del agua. Toses. Y, por fin, puedes inspirar. Notas el aire entrando en tus pulmones, una bocanada que para ti es gloria pura aunque lo notes rancio. Cuando tu respiración se normaliza abres los ojos. Hay poca luz pero distingues un techo blanco. Tus manos palpan las baldosas de un suelo frío. Giras la cabeza hacia la derecha y ves que también son blancas. Igual que las que cubren la pared hacia la que miras. Te incorporas despacio. Delante de ti, otra pared con una puerta de metal. Vuelves la cabeza a la izquierda. Un tercer muro idéntico al de tu derecha.

Te pones de pie y te atreves a mirar a tu espalda. La cuarta pared tiene un pequeño hueco cuadrado a media altura. Además, acabas de descubrir la fuente de luz: una linterna en el suelo que ilumina precisamente ese hueco. La coges e inspeccionas mejor el cuarto en el que estás, pero no hay nada más. Te acercas a la puerta y la aporreas.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —dices. Luego esperas y, al no recibir respuesta, golpeas el metal más fuerte y repites tu pregunta a gritos. Una y otra vez.

Nada. El silencio más absoluto te responde. Haces el gesto de agarrar el picaporte y manoteas el aire. No está donde debería estar. De hecho, no lo ves por ningún lado. Sientes un retortijón de puro miedo. Y por primera vez desde que has despertado, te preguntas qué haces en ese cuarto y cómo demonios has llegado hasta ahí. Intentas recordar las últimas cosas que hiciste mientras tu corazón late frenético. Saliste de trabajar de noche. Cogiste el último autobús. Atravesaste el parque en dirección a tu casa. Y luego… Nada. Lo siguiente que recuerdas es despertarte entre esas cuatro paredes blancas. No sabes cuánto tiempo ha pasado.

Caes en la cuenta también de que lo que llevas puesto no es tu ropa. Una camiseta, un pantalón de chándal y unos calcetines. Todo de color blanco. Te tiemblan las manos y vuelves a pedir ayuda a gritos. Te lías a golpes con la puerta, pero sólo consigues hacerte daño en un pie. Lloras sin dejar de dar alaridos histéricos y te derrumbas contra ese rectángulo de metal infranqueable. Lo notas frío contra tu espalda. Lo único que escuchas son tus sollozos, que poco a poco van menguando hasta cesar por completo. Te limpias las lágrimas y los mocos con la camiseta y piensas qué puedes hacer.

Sigues temblando, pero consigues reunir fuerzas para ponerte de pie. Apuntas con la linterna a la pared de enfrente, al oscuro cuadrado abierto entre las baldosas blancas. Te acercas hasta él y te asomas. Da a una especie de túnel. El primer metro o dos está recubierto de cemento. Luego, hasta donde puedes ver, el corredor continúa como si estuviera excavado directamente en la tierra. No sabes qué hacer. ¿Esperas en esa sala a que alguien venga? ¿Entras en el túnel? Quieres creer que lleva a algún lado, supones que a la salida. Por algo tiene que estar ahí, ¿verdad? El hueco es lo suficientemente grande para permitirte ir a gatas por él. Miras la linterna y te preguntas cuánto durarán las pilas.

El miedo te reconcome y optas por lo que crees menos peligroso. Te sientas junto a la puerta, apagas la linterna y te pones a esperar. Estar a oscuras es peor de lo que pensabas. Crees escuchar ruidos. ¿Han sido pasos? ¿Un estornudo? No tienes ni idea de cuánto tiempo pasa. Por un momento das una ligera cabezada. Empiezas a sentir una sed terrible, la boca completamente seca. La desesperación sube desde tu estómago hasta tu cerebro. Enciendes la linterna y vuelves a aporrear la puerta. Te desgañitas pidiendo ayuda. Suplicas. Amenazas. Insultas. Todo en vano. Así que decides arriesgarte a entrar en el túnel.

    Te metes por el hueco y avanzas despacio. Huele a humedad. Hasta donde alcanza el haz de luz parece seguir en línea recta. Echas un último vistazo al cuarto y decides seguir adelante. No consigues calmarte mientras te adentras. Ya has dejado atrás la zona con el suelo de cemento. Gateas por la tierra. Pierdes la noción del tiempo. Solo eres consciente de que te duelen las rodillas y las manos. Y, aunque parece una tontería, no es fácil gatear empuñando una linterna. De pronto llegas a una bifurcación. Alumbras ambos túneles y te parecen iguales. Intentas percibir si por alguno corre aire, como has visto en las películas. Aguantas las ganas de llorar de nuevo, el miedo que te atenaza y eliges continuar por la derecha.

    Durante un tiempo, el túnel sigue recto. Pero luego notas una ligera pendiente. También te das cuenta de que hay menos luz. Compruebas la linterna y ves que la bombilla se está poniendo de color naranja. Eso no es bueno. Nada bueno. Así que gateas más rápido. En un momento dado notas que tu espalda roza contra el techo. Lo que faltaba, el túnel se estrecha. Llega un momento en el que tienes que ir arrastrándote. Al poco, se apaga la linterna. El terror más absoluto te paraliza. A estas alturas es imposible volver atrás. Físicamente no es puedes dar la vuelta. Empiezas a sudar. Notas como si te faltara el aire. Entre sollozos y gimoteos continúas. Adelante.

Notas algo que cae en tu cuello y se desliza por tu espalda, por dentro de la camiseta. Gritas, te entra arena en la boca y te atragantas. Y no paras de arrastrarte. Empiezas a marearte, jadeas, el corazón desbocado. Algo camina por tu cara. Das manotazos y lloras desesperadamente. El túnel no se acaba. Hasta que llega un momento en que no puedes seguir de frente. Tus gritos histéricos lo llenan todo. Golpeas la pared y te das cuenta de que arriba hay un hueco. Apenas cabes, pero reptas frenéticamente. Buscas asideros para poder escalar. Tienes las rodillas despellejadas, las manos completamente arañadas. El dolor y el miedo no te dejan pensar. Hacia arriba. Tiene que estar la salida. La oquedad se va haciendo más y más estrecha. Cada vez es más difícil moverse, tanto hacia arriba como hacia abajo. Tus manos tocan algo. No quieres creerlo. No puede ser un pie. Pero notas los dedos a través de la tela de lo que tiene pinta de ser un calcetín. Es posible que sea blanco. Y no se mueve. Hay un cuerpo bloqueando el paso.

No puedes saber que un poco más arriba, por encima de ese cadáver y la arena, hay asfalto. Una carretera. Y que no hay forma de salir por allí. El tráfico se traga tus gritos.

 

 

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Gaspar Desencadenado

Hoy os traigo algo diferente; hoy no hablaremos de ningún libro ni de ninguna novedad próxima. Hoy, os muestro un relato escrito por mi colega Sergio, quien me lo cedió para publicarlo en el blog tras una breve corrección mutua. Algunos le conoceréis por Elfo Solitario, por sus hilos de opinión sobre sus lecturas en Twitter. Y es que el muchacho tiene potencial, veréis.

Espero que esta historia os guste tanto como a mí. ¡Esperamos vuestros comentarios!

 

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En algún punto de la sierra de Guadarrama.

―Maldito frío. ―No era la primera vez que lo decía desde que habían llegado. El paje se echó el aliento en las manos en un vano intento de calentarlas. Contempló el almacén donde tenía lugar la reunión.
―A cualquier cosa le llamas frío ―replicó con sorna el elfo. El cascabel de su sombrero tintineó al compás de una risa desganada.
«En el Polo norte te soltaba yo, piltrafilla», pensó, al tiempo que encendía un cigarrillo. Apoyado en el trineo, miraba de reojo al paje con desconfianza. Palmeó el cuello de Rodolfo, que le respondió agitando la testuz. Un rayo de sol se abrió paso entre las nubes y se reflejó en la roja nariz del animal. Le dio una honda calada al pitillo y soltó el humo poco a poco. El muchacho, a su lado, tosió visiblemente molesto.
«Como vuelva a hacerlo, se lo apagaré en el jodido ojo». El paje se acercó de nuevo hasta los camellos y revisó por enésima vez los arreos. Los jefes tardaban demasiado y eso no era nada bueno. Comprobando que el elfo no le miraba, palpó nervioso la culata del arma bajo sus ropajes. Justo en ese momento, se escucharon los primeros disparos.

 

Un rato antes. Interior del almacén.

―Le damos las gracias, señor Pérez, por ofrecer esta base como punto de encuentro neutral. ―El ratón agradeció la deferencia de Melchor con un cabeceo y se ajustó las gafas. Pérez había recibido a sus invitados con chocolate caliente y unos churros. Habían comido en un ambiente distendido. Pero poco a poco las conversaciones intrascendentes fueron muriendo hasta que un incómodo silencio se apoderó del lugar.
Estaban en un almacén repleto de contenedores, con miles de dientes en su interior. Pérez había dispuesto la mesa con los tres reyes a un lado, Santa Claus al otro, y él ejerciendo de mediador. Melchor se acariciaba su tupida barba blanca mientras pensaba en las palabras adecuadas para exponer el asunto que los había traído allí. Gaspar movía una pierna nervioso y entre resoplidos. Baltasar no le quitaba ojo a Papá Noel, que estaba repantingado en su silla tranquilamente.
―Vosotros diréis. Nos podemos tutear, ¿verdad? ―les dijo el escrutado con las manos cruzadas sobre su enorme panza mientras meditaba si coger otro churro.
―Verá, señor Noel…
―Claus, si no te importa ―le interrumpió, sin cambiar de postura―. Y ahorrémonos los ustedes. Estamos entre amigos, ¿eh?
―Verá, señor Claus ―prosiguió Melchor. No pensaba tutearle, él tenía modales―, existe un conflicto de intereses. En nuestro gremio, el respeto es fundamental. Los señores Gaspar, Baltasar y un servidor, somos la guinda de la Navidad. Durante generaciones, los niños han esperado al seis de enero con la ilusión brillando en sus ojos. Con la emoción contenida, esperando para saber qué encontrarán junto a sus zapatillas al despertarse…
―Nada de mohosos arbolitos de plástico ―intervino Gaspar, y Baltasar afirmó con la cabeza.
―Nada de árboles, sí ―Melchor maldijo entre dientes. Había perdido el hilo de su discurso.
―¿Puede ir al grano, señor Melchor? Estamos a 23 de diciembre y mañana voy a tener un día de perros ―Santa Claus se quitó el gorro, tenía mucho calor allí dentro. Y sabía a dónde querían llevarle esos tres esperpentos, pero quería oírselo de sus propios labios.
―Esta es nuestra zona, brodel, y no permitimos que vengan a jodelnos ―respondió Baltasar apoyándose sobre la mesa. Gaspar se reclinó en su silla, ocultando sus manos en las mangas de la túnica. Melchor puso los ojos en blanco. Era un resumen muy acertado, pero por el amor de Dios, qué falta de diplomacia.
―¿Más chocolate? ―se apresuró a preguntar Pérez, intentando romper la tensión. Ninguno de los presentes le hizo caso. Santa Claus soltó una profunda carcajada.
―¡JOU, JOU, JOU! ¿Y qué culpa tengo yo de que los niños me prefieran a mí? ―Se secó el sudor de la frente con el gorro―. Lógico por otra parte. Yo les dejo sus regalos al principio de las vacaciones y así pueden jugar con ellos más tiempo. Y por favor, no insulten mi inteligencia comparando verdes y frondosos abetos con sus apestosas zapatillas. Mírense. Ustedes son el pasado, en cambio yo…
―¡Que te jodan, gordo cabrón! —Gaspar no pudo resistir más tiempo. Se incorporó derribando la silla y sacando las manos de sus mangas. Empuñaba un revólver en cada una. Al tiempo que Gaspar se preparaba para disparar, Santa Claus empuñó una escopeta de cañones recortados salida de la nada. Para estar tan orondo se movía rápido el muy capullo.

El Rey Mago abrió fuego primero y la bala atravesó el hombro derecho de Claus. Brotó la sangre y le desequilibró lo suficiente para que su disparo se desviara hasta donde hacía unos segundos se sentaba un ratón. Ahora sólo quedaba un manchurrón de sangre y restos de la montura dorada de unas gafas.
Melchor se tiró al suelo con un grito, mientras Baltasar desenfundaba su revólver de la bota. Gaspar acribilló a Santa Claus hasta que se quedó sin balas.
Cuando el sonido de los disparos dejó de reverberar en el almacén, Melchor se atrevió a levantar la cabeza. Vio el cuerpo despatarrado de Santa Claus, la sangre se confundía con el rojo de su traje. Gaspar y Baltasar se acercaron con cautela.
―Aún respira, el hijo de puta ―se sorprendió Gaspar. Sin mediar palabra, Baltasar apuntó a Santa Claus y le descerrajó un tiro en la cabeza.

—A tomar pol culo.

 

Exterior del almacén.

Tanto los camellos como el reno de la nariz roja se agitaron y berrearon cuando sonaron los primeros disparos. El paje echó mano de su arma con rapidez y apuntó al elfo, que intentaba esconderse tras el trineo. Sus dos primeros disparos impactaron en la madera. Rodolfo se asustó y echó a correr espantado acompañado de un repiqueteo de cascabeles. La huida del reno dejó sin cobertura al elfo, que en ese momento desenfundaba una pistola guardada bajo el sobaco. El paje disparó, y también el elfo. Una bala atravesó la cabeza del elfo, y otra bala impactó en el pecho del paje. Los dos estaban muertos cuando los tres Reyes Magos salieron del almacén camuflado en una montaña.
―Era un buen muchacho ―suspiró Melchor, cerrando los ojos sin vida del paje.
―Ya me jode por el ratón Pérez ―comentó Gaspar, rascándose la cabeza con el cañón de su revólver. Empezaba a nevar―. ¿Quién se va a hacer cargo ahora de los putos dientes?
Los tres reyes subieron a sus camellos. Tomaron las riendas y volvieron grupas. Se alejaron en silencio, acompañados por el silbido del viento. Poco a poco, la nieve cubrió las huellas de las monturas. Y, más tarde, los dos cadáveres. Juntos, en una tumba blanca y helada.