Gaspar Desencadenado #3

 

Tercera_Entrega


28 de diciembre. En algún lugar del Polo Norte.

   ―Comprenderá que esta misteriosa desaparición es muy perjudicial para mi cliente. ―El abogado se ajustó las gafas y deslizó una copia del contrato sobre la mesa―. Sin Santa Claus, no hay chispa de la vida que valga esta Navidad. Y ya sabe lo que eso significa.
   Snowball Alabastro lo sabía muy bien. Si la compañía de refrescos les retiraba el patrocinio, se acabó el dinero. Adiós fábrica y adiós trabajo. Advirtió en su día a Santa Claus de que no firmara ese contrato, porque les dejaba a merced de los caprichos de la multinacional. Pero el Viejo se había reído y aceptado el acuerdo. El rojo le favorecía, dijo entonces. Iba a responder a aquel hombrecillo cuando un elfo entró a toda prisa en el despacho y le susurró algo al oído.
   ―En cuanto sepamos algo de Santa no dude que se lo comunicaremos. ―Se puso en pie―. Y ahora, si nos disculpa, tengo otros asuntos que requieren mi atención…
   En cuanto el abogado salió del despacho, Alabastro se encaminó a toda prisa hasta el almacén de juguetes. Una multitud de elfos rodeaba el trineo tirado por Rodolfo. El animal, agachada la testuz, apenas se movía. El silencio era sepulcral. Apartó a empujones a los congregados y el color se le fue de la cara cuando vio lo que había dentro del vehículo de madera. No reaccionó hasta que escuchó un alarido.
   ―¡Noooo! ¡Decidme que no es verdad! ―Shinny Upatree llegó al lado de Alabastro, la viva imagen de la desesperación. Se arrojó sobre el cadáver de Santa Claus llorando a mares―. ¡Hijos de puta! ¡Os voy a matar a todos! ¡Noooo!
   La elfa a cargo del equipo que había mandado a España se acercó a Alabastro y le puso algo en la mano.
   ―Pérez no estaba metido en el ajo. ―Eran los restos de una montura dorada.
   El elfo apretó la mandíbula y parpadeó como si despertara de un mal sueño cuando terminó de ponerle al día. Subió hasta la balconada que presidía el almacén, por donde salía Santa antes de subirse a su trineo y partir con los regalos.
   ―¡Ayudantes de Santa Claus! ―Los trescientos elfos le miraron expectantes―. Ahí yace el cadáver del Viejo. Ejecutado como una animal y abandonado para que se lo comieran las ratas en un inmundo almacén perdido. ―Paseó su mirada por la concurrencia, en una meditada pausa dramática―. Asesinado por esos bastardos que se hacen llamar Reyes Magos.
   La multitud estalló en un griterío indignado, lleno de maldiciones, juramentos y lamentos. Todo ello, aderezado por el tintinear de los cascabeles de sus gorros. Poco a poco, una palabra se fue imponiendo, coreada de forma unánime.
   ―¡Venganza! ¡Venganza!
   ―No dejaremos este brutal acto sin respuesta ―prometió Alabastro extendiendo los brazos para que callaran.
   ―¿Nos tenía sin contrato y sin convenio y encima queréis morir por él? ―Un abucheo generalizado ahogó la diatriba sobre derechos laborales de aquel disidente.
   Alabastro sacó su pistola de la funda sobaquera y la alzó sobre su cabeza. El rugido de doscientas noventa y nueve gargantas casi enterró sus últimas palabras.
   ―¡Vamos a bañarnos en la sangre de esos malnacidos!

30 de diciembre. En algún lugar de Oriente.

   Melchor colgó el teléfono y se mesó la larga barba blanca. El agente que tenían infiltrado en el Polo Norte le acababa de dar la noticia que, no por esperada, era menos temida.
   ―Ya vienen. ―A su espalda, Gaspar levantó la cabeza y dejó lo que estaba haciendo, engrasar su revólver. Baltasar roncaba plácidamente entre cojines. Le despertó dándole con el pie.
   ―Putos elfos de mierda, van a comer plomo hasta hartarse ―sentenció Gaspar, mientras terminaba de montar su arma. Cargó el tambor, lo hizo girar y lo ajustó con un rápido movimiento de muñeca.
   ―Nadie viene a jodelnos aquí, no mi amol ―corroboró Baltasar emergiendo de entre los cojines.
   Melchor se dejó caer en la silla que tenía más a mano. Negó con la cabeza. Sentía que las fuerzas le abandonaban. «¡Ay, señor, llévame pronto!».

31 de diciembre. Sobrevolando un desierto en algún lugar de Oriente.

   El viento agitaba el cabello de Alabastro. Estaban cerca de su destino. Había diez elfos a bordo de cada trineo tirado por uno de los nueve renos de Santa Claus. Y dentro del saco mágico de los juguetes viajaban doscientos nueve más. Sólo uno había quedado atrás, colgado de un abeto. Un maldito traidor al que habían trincado comunicándose con los Reyes Magos. Así que sabían que iban a por ellos. Le jodió perder el factor sorpresa, pero ya daba igual. Sólo pensaba en volarle la cabeza al puto vejestorio de Melchor. Sin cuartel. Había ordenado a sus muchachos que dispararan a todo lo que se moviera. Camellos, pajes o reyes. Nada podría salir vivo de allí. Rodolfo berreó, avisándole de que estaban llegando. Alabastro escudriñó el desierto y por fin dio con el palacio de los tres Reyes Magos.
   ―¡Preparen las bombas! ―ordenó por el intercomunicador. De pronto se escuchó un silbido y uno de los trineos saltó en pedazos. La cabeza sin cuerpo de Trueno golpeó en el suyo antes de caer a la arena―. ¡Maniobras de evasión, fijen el objetivo y disparen!
   Los trineos restantes se separaron y empezaron a volar haciendo eses. Desde el palacio comenzaron a dispararles sin descanso. Rodolfo esquivó un obús y se lanzó en picado a por una torreta defensiva. Alabastro lanzó una bomba y la ametralladora voló por los aires, junto a los tres pajes que la manejaban.
   Uno de los trineos entró en barrena después de que acribillaran al reno que lo movía. Relámpago, si no veía mal. Se estrelló contra la muralla del palacio y los elfos salieron despedidos en todas direcciones. Alabastro voló un nido de cañón y se preparó para soltar su carga. Cuando Rodolfo hizo una pasada a ras de suelo, el elfo liberó el saco mágico de los juguetes. Más de doscientos elfos emergieron dando alaridos y disparando a todo lo que se les ponía por delante. Snowball saltó después, junto a la tripulación de su trineo, sin mirar cómo Rodolfo remontaba el vuelo y se alejaba de la batalla.

   ―¡Al palacio! ―ordenó a voces. Esquivó a un elfo agonizante y corrió hacia una de las puertas. Desde las ventanas del edificio seguían castigándoles sin pausa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s