Gaspar Desencadenado #2

¡Madre mía! Han pasado más de dos años desde que pudimos leer un relato que se hizo llamar Gaspar desencadenado #1. Pero mientras tanto hemos podido disfrutar de otras historias geniales escritas por Sergio Mullor, como lo son La selva (relato finalista del I Certamen de narración Luminaria) o Nadie te escucha.

Sergio me confirmó que continuaría con esta serie de personajes. De hecho, ya la tiene finalizada, y hemos decidido publicar las cuatro entregas semanalmente. ¡Incluso puede que nos animemos a llevarlo un punto más allá!

Personalmente, me gustó mucho el primer número: tiene gancho, buen ritmo, personajes con diferencias a la hora de comunicarse, un final que pedía más, una narración con un toque de bizarro que la hace muy elegante. Y es que esta segunda entrega no se queda atrás. Veréis…

Y, como siempre os decimos, sea en redes sociales (Sergio MullorLa caverna del lector en Twitter) o en esta misma publicación, esperamos que os guste y que nos comentéis vuestras opiniones. ¡A leer!

Segunda_Entrega_Revólver_Doble

 

25 de diciembre. En algún lugar de Oriente. 

(Música de especial informativo. Entra cabecera, la cámara se acerca hasta la presentadora, que empieza a hablar con el gesto muy serio.)

«¿Dónde está Santa Claus? Es la pregunta que se hacen millones de niños en todo el mundo después de que, por primera vez en la historia, faltara a su cita este veinticinco de diciembre. La desilusión en los rostros infantiles es la imagen más repetida durante todo el día. No hay regalos debajo de ningún árbol. ¿Qué ha pasado? La CIA y el FBI investigan el misterio por encargo del propio Presidente de los Estados Unidos que…»

Melchor apagó la televisión, pensativo. La habían cagado a base de bien. Dio vueltas al mando de forma distraída mientras pensaba en cómo iban a salir de esa.
—No hay de qué pleocupalse, mi helmano —trató de tranquilizarle Baltasar, desde detrás de la barra. Cogió los mojitos que acababa de preparar y le dio uno a Melchor y otro a Gaspar.
—Qué se jodan todos. —Gaspar se encogió de hombros y sorbió por la pajita. Qué mano tenía Balta para los cócteles.
—Los que estamos jodidos somos nosotros —respondió Melchor dándole vueltas a la bebida—. Rodolfo escapó, así que en el Polo Norte es cuestión de tiempo que descubran el cadáver y empiecen a atar cabos.
—Pues que vengan si tienen cojones, les estaré esperando —replicó Gaspar sacando un revólver y agitándolo en el aire.
—Cuidado con lo que deseas, porque en este caso se hará realidad —suspiró Melchor. En el futuro sólo veía guerra, sangre y muchos muertos. Así que lo único que podían hacer era estar preparados. Dejó su mojito intacto sobre la mesa y se levantó entre un crujir de huesos—. Estoy muy viejo para esta mierda.

26 de diciembre. En algún punto de la sierra de Guadarrama

Los cuatro elfos se bajaron del trineo. Caía una nevada de mil demonios pero vislumbraron la entrada del almacén. Rodolfo les había llevado hasta allí, nunca erraba su camino. El reno se había presentado asustado en la base de Santa Claus, en el Polo Norte. Costó entender lo que le pasaba, pero los impactos de bala en la madera del trineo aclararon todas las dudas. Santa no había vuelto de su reunión con los Reyes Magos y eso sólo podía significar una cosa.

La elfa al mando agitó la mano y el equipo se puso en movimiento. Portaban armas semiautomáticas y gafas termográficas. Se acercaron en silencio, aunque con la ventisca que había nadie habría podido oír el crujido de sus pasos sobre la nieve. La puerta estaba entreabierta. Tras un gesto de su dedo, un elfo la abrió de golpe y otro se metió en el almacén con una voltereta. Cuando hizo la señal de despejado, el resto del grupo penetró en la oscura estancia. No había rastros de calor por ningún lado. Tampoco se escuchaba sonido alguno, a parte del viento que se colaba por la abertura.

La jefa localizó el interruptor y alzó la palanca. La luz alumbró una enorme cueva y filas de grandes contenedores. Se dividieron para explorar la zona. Convergieron en el centro de la cueva y descubrieron el cadáver. Había sillas tiradas, una mesa volcada, churros desparramados, restos de cerámica y chocolate petrificado por el suelo. Pero destacaba el rojo traje del enorme cuerpo tirado boca arriba, sobre un oscuro charco de sangre seca. Los cuatro ayudantes de Santa Claus bajaron las armas, conmocionados. La elfa se agachó junto a la cabeza destrozada de Santa y no pudo evitar que dos lágrimas rodaran por sus mejillas.

27 de diciembre. En algún lugar de Oriente. 

(El reportero se encuentra junto a una estatua del ratón Pérez, tiene cara de circunstancias mientras espera a que el presentador le dé paso. Asiente con la cabeza antes de ponerse a hablar.)

«Conmoción entre los niños porque nadie viene a por sus dientes. Allí siguen, debajo de la almohada, cuando se levantan. El ministro del Interior asegura que la Policía y la Guardia Civil investigan este caso. Una desaparición que se une a la de Papá Noel, lo que ahora pone en el punto de mira a los Reyes Magos. ¿Faltarán también a su cita el próximo seis de enero? Desde la Casa del Ratón Pérez, en la calle Arenal, para Telemadrid…»

Gaspar cambió de canal. Un cocinero explicaba una receta de alubias que tenía buena pinta. Pobre Pérez, un daño colateral con el que nadie contaba. Hablaría con el Hada de los Dientes para que se hiciera cargo del negocio. Si hubiera sido más rápido disparando… ¿Pero quién iba a imaginar que el cabronazo de Noel escondía una escopeta? Empezó a dar vueltas por el amplio salón, como un león enjaulado. ¿Cuándo vendrían los ayudantes de Santa Claus a por ellos? Porque antes o después, en eso tenía razón Melchor, querrían ajustar cuentas. Estaba deseando meterles una bala en la cabeza a todos ellos.
―Tate quieto ya, brodel, me estás poniendo nervioso. ―Baltasar exhaló el humo de la cachimba que fumaba con despreocupación.
Pero Gaspar sólo se detuvo cuando Melchor apareció con un resoplido. Estaba demacrado, con unas profundas ojeras. Apenas había pegado ojo desde que se cargaron a Papá Noel. Llevaba dos días preparando las defensas del palacio. Supervisaba el entrenamiento de los pajes y el equipo que iban a necesitar para enfrentarse a la horda de elfos que, a buen seguro, se presentaría a sus puertas. «Y mientras, esos dos vagos indecentes aquí tumbados tan panchos», pensó de mal humor.
―¿Alguna noticia del Polo Norte? ―preguntó Gaspar.
―Lo último que sabemos es que un grupo de ayudantes salió con Rodolfo hacia el almacén de Pérez —respondió Melchor con sequedad, derrumbándose en el sofá―. Así que la cuenta atrás ha comenzado.

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