Transmetropolitan de Warren Ellis

Con el presente 37 Comic Barcelona se celebraron las tradicionales presentaciones de novedades de la editorial ECC para España. Para sorpresa de muchos, su última bomba anunciada es la nueva edición de la obra de Warren Ellis (Orbitador, Hellblazer): Transmetropolitan. De esta nueva edición se conoce que será en cartoné con un total de cinco tomos de publicación bimestral los cuales contendrán montones de extras y se empezarán a poner a la venta el día siete de mayo de 2019. El primero de estos tomos cuenta con 336 páginas a color y saldrá a la venta por un precio de 31,50€.

 

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Nueva edición de Transmetropolitan.

 

En la Caverna del Lector hemos querido aprovechar esta gran noticia para hacer un repaso por todo Transmetropolitan, que no solo es una narración divertida, si no que también es una serie imprescindible que tiene como telón de fondo el mundo actual y al cual se critica y parodia. Así que, en colaboración con Dragonas fantásticas del blog Feminismo y dragones, os dejamos nuestro humilde análisis a continuación. 

 

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Edición original: Transmetropolitan USA
Guión: Warren Ellis
Dibujo: Darick Robertson
Formato: Actualmente en rústica a color.

 

Transmetropolitan nos narra la vida de Spider Jerusalem, un periodista drogadicto, salido, violento e incoherente en ocasiones pero, a pesar de todo, brillante. Tras escribir un best seller Spider se hace rico y famoso, cosa que no le gusta nada y se retira a vivir a la montaña donde pasa sus días drogándose y disparando a cualquier cosa que se acerque a su puerta. La historia comienza cuando el antiguo editor de Spider le recuerda que firmó un contrato para la publicación de dos libros y que le pagó por adelantado, por lo que tiene que volver a la ciudad a escribirlos y aquí entra el auténtico protagonista de la historia. Pese a que la trama gira alrededor de Spider, todo se enmarca en la ciudad: futurista con incontables culturas, religiones, grupos étnicos, depravaciones, drogas, modificaciones genéticas, ordenadores mafiosos, caos, violencia policial, suciedad por doquier y publicidad hasta en tus sueños; sexo y prostitución en cada esquina con todas las variantes más asquerosamente inmorales que puedas imaginar. En algunos puntos de la historia se habla de elementos que hacen que la pedofília parezca un asunto completamente decente comparado con lo que te están narrando. A pesar de su reticencia a volver, nuestro protagonista ama a la ciudad, pero también la odia porque a pesar de todos sus defectos, a pesar de ser un loco violento predispuesto al sexo desenfrenado con cualquier cosa que se mueva, a esnifar cualquier objeto y a disparar a todo aquello que no entre en las dos categorías anteriores. Spider tiene moral, una moral extraña, cierto, pero a grandes rasgos intenta hacer el bien. El problema es que la ciudad es enorme, diversa, está llena de mal y sus únicas armas son la palabras, pues hay un límite a lo que puede conseguir un sólo hombre con una pistola, pero no a lo que puede conseguir un sólo hombre con un teclado.

A lo largo de los primeros capítulos de este cómic vemos cómo poco a poco nos introducen la urbe alternando los momentos violentos y sexuales con escenas cómicas y páginas que de improviso nos incitan a una profunda reflexión. Este es uno de esos contrastes que hacen de Transmetropolitan un gran cómic: juega con los saltos narrativos y descoloca al lector. En algunas tiras de viñetas  quieres pegarle al protagonista y dejarlo tirado en la acera mientras un perro le orina en la boca, y, en el siguiente, te preocupas por su integridad física y te maravilla su astucia y sentido de la justicia. En este aspecto Spider Jerusalem es un tipo que ocupa el fondo y el primer plano como el mismo núcleo urbano; ambos son sucios, corruptos, caóticos y desenfrenados, pero en ambos puedes encontrar sutileza, compasión, belleza y justicia. Tras unos capítulos introductorios en los que conocemos la ciudad, sus habitantes y a las ayudantes de Spider comienza la auténtica trama, siendo una localidad tan corrupta como la que nos presentan, no podía salvarse la presencia de que en la imaginación colectiva se encarna la corrupción; dicho de otro modo, la política.

Aunque en un principio el personaje principal no quiere cubrir las elecciones porque ese hecho fue lo que le obligó a exiliarse anteriormente, finalmente cede porque al fin y al cabo, ¿qué es lo primero que haría un periodista medio loco con aires de grandeza y ganas de cambiar el mundo tras regresar a la ciudad? Si ese justiciero fuese Spider, seguramente iría a probar todas las nuevas drogas que hayan salido, pero después del colocón. Y eso es lo que hace nuestro principal guía: irá tras el cuello del mayor cabronazo que pueda encontrar, que a menudo suele ser el presidente de los Estados Unidos. Tras una serie de eventos veremos cómo se embarca junto a sus ayudantes en su Watergate particular para derrocar al gobierno y limpiar un poco de basura en los barrios.

En cuanto al dibujo y al guion de esta serie de cómics están muy bien equilibrados. Encontramos numerosas panorámicas que reflejan la diversidad del mundo creado en los momentos de transición entre escenas mientras que la capacidad del dibujante para variar las expresiones de este loco periodista es sorprendente ya que es capaz de mostrar un personaje que infunde miedo y respeto a la vez que un pelele drogadicto en la próxima viñeta. Por otro lado, este escenario colorido contrasta con oscuras páginas que nos enseñan la cara mugrienta de los distritos; entretanto el guión nos narra el siempre cínico análisis que el conflictivo reportero hace de ese vertedero llamado hogar.

 

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Los diálogos y el guion permiten que la historia fluya de manera natural aunque en ocasiones presente altibajos ya que muchas veces aparecen páginas sin apenas texto y cuyo dibujo no expresa gran cosa y en las siguientes se amontona toda esa ausencia de palabras. Si tuviera que sacarle un defecto al guion, sería que en los primeros números se tarda en entrar al hilo argumental y pasamos varias páginas sin saber exactamente cuál es el argumento del cómic y que los diálogos que pretenden transmitir esa porquería que impregna la sociedad que han creado son excesivamente soeces. Puede parecer paradójico, pero una vez nos has dejado claro cómo de obscenos son los personajes de la obra, no es necesario que se fuerce una retahíla de tacos en cada escena porque eso hace que algunos momentos que deberían resultar chocantes no lo sean, pues el tono agresivo que predomina en esa secuencia de acción en realidad es el que vemos durante todo el cómic. Pero ese fallo se compensa con los momentos de reflexión, la profundidad de los pensamientos que tiene el elenco de personajes, que nos invita a replantearnos cómo vemos la vida. La calidad de la pluma de Warren Ellis es tan exquisita que merece la pena haber leído el cómic sin tener en cuenta sus pequeños fallos.

A decir verdad, en este tebeo encontramos una gran variedad de mensajes y críticas; innumerables críticas a la religión y a la corrupción política, al machismo, al capitalismo y a la economía. Pero si hay una crítica que quisiera destacar, un único mensaje que me impactó de su lectura es que la tecnología no arreglará nada. La ambientación que nos presentan en Transmetropolitan es una lugar con un nivel de tecnología casi utópico. En las páginas de la historieta se afirma que siguen siendo una civilización de nivel 0 (aquella que usa la energía disponible solo en su planeta), pero la cantidad de inventos y prodigios que abundan son indescriptibles.

Todo es un caos y es imposible seguirle la pista a todos los avances tecnológicos que hacen día a día mas en términos sociales sólo basta decir que la modificación genética es el pan de cada día, los niños nacen siendo inmunes a prácticamente todas las enfermedades posibles. Algunos ejemplos de esta tecnología serían cómo el protagonista obliga a cada una de sus ayudantes a fumar tras darles una pastilla, que las vuelve inmunes al cáncer, que en cada casa hay un dispositivo capaz de manipular la materia a nivel atómico para crear cualquier cosa que le pidas y que, cuando se gasta algo, solo tienes que salir a la calle, recoger basura y arrojarla dentro del manipulador de materia para que exista nuevamente. Literalmente se manipulan los átomos de la basura para crear comida, entre otros casos. Y aún así la desigualdad continúa existiendo: hay niños que se prostituyen, cadáveres en las aceras, pobreza e inmundicia en las calles. La miseria humana conviviendo con una tecnología que parece magia y nunca da resultado. Ese es el auténtico mensaje de Transmetropolitan.

 

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En los últimos tiempos los humanos hemos sustituido la religión por la tecnología. Creemos que si avanzamos lo suficiente, todo lo demás se resolverá por sí sólo; si conseguimos energía limpia, no habrá gente sin acceso a electricidad; si modificamos los cultivos y potenciamos la producción, nadie pasará hambre; si desarrollamos la industria, todo el mundo tendrá trabajo y no le faltará ni techo ni dinero. Pero la cruda realidad es que, a día de hoy, se produce suficiente energía para toda la población, suficiente comida para alimentarnos a todos y hay medios suficientes como para que a nadie le falte un hogar. El desarrollo de la tecnología cambia el mundo, es cierto, pero no importa cuántas cosas cambien o cuántos avances tecnológicos logremos porque mientras no cambie nuestra forma de pensar seremos incapaces de usarlos para el bien: usaremos la energía limpia para crear grandes plantas donde construir armamento, los avances en alimentos para acaparar y especular con ellos, la inmunidad a las enfermedades para crear otras nuevas, las modificaciones genéticas para probar todo tipo de drogas y no tener resaca o las posibilidades de alterar el cuerpo humano para satisfacer los deseos sexuales más repugnantes. Y siempre hemos buscado soluciones a esos problemas sin fijarnos en el patrón común: nosotros.

Da igual que un loco periodista se deje el culo para destapar una injusticia o un escándalo de prostitución infantil porque siempre habrá algo complicado que debe salir a la luz, porque, aunque la ciudad cambie, el humano no. Y hasta que no cambie la forma que se tiene de ver el mundo, hasta que no se mida la vida en términos de solidaridad y no en términos de competición, siempre ocurrirán las desgracias que todos conocemos y que nadie le pone remedio. El mensaje de Transmetropolitan se reduce a esto: el mundo cambia a diario, pero la humanidad sigue estancada en su vileza y cuanto más tiene, más cruel y fría se vuelve. Por suerte, siempre habrá también otro periodista loco que intente arreglar las cosas. 

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