Fantasmas de Laura Lee Bahr

 

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Título original: Haunt
Traducción: Hugo Camacho
Prólogo: Tamara Romero

Editorial: Orciny Press
Edición: Rústica con solapas. Colección Midian. Tercera edición

 

Nominada a los premios Ignotus 2016
y Kelvin 505
como mejor novela extranjera

 

Terminé el libro hace un tiempo y todavía estoy preguntándome qué es lo que he leído y si acaso habré llegado siquiera a vislumbrar la mayoría de las capas del relato. La autora factura una especie de Elige tu propia aventura, deconstruyendo la propuesta y haciendo que la opción que se ofrece se encuentre ya elegida de antemano, obligando al lector a vadear entre la extrañeza y dejarse llevar por las múltiples posibilidades que este «¿y si…?» le plantea. Cada acción tiene su consecuencia, pero ¿qué sucedería si se pudiera ser capaz de contemplar el desarrollo de todas las elecciones? ¿Podría verse el momento en que una decisión varía de acertada a desastrosa? De eso versa esta novela. Una historia canónica de fantasmas —el título español ya daba una idea, ¿no?— que narrativamente no tiene nada de canónica. Una fantasma es la narradora que va a ir planteando las diversas opciones y posibilidades que los protagonistas, entre los que el lector es uno más, eligieron o no tomar en un momento dado, decantando la balanza de sus vidas por la felicidad o la tristeza, por el bienestar o el drama, por una vida plena o la misma muerte. Cada acción en el presente, la realizada y la desechada, crea un futuro divergente, y la narradora se va a encargar de que el lector sea testigo de todos ellos. O de los más relevantes cuanto menos. Demencial, onírica, descarnada, surrealista, extraña —para mí más cerca del weird que del bizarre—, sensual, experimental y narrativamente transgresora, una novela negra o de misterio sobrenatural, intrigante y subyugante. Rara en todo caso.

Todo empieza con la aparición del cadáver de Sarah While, muerta en enigmáticas —imposibles— circunstancias. ¿Muerte natural, suicidio o asesinato? Y la misma Sarah, su espíritu, se va a encargar de la narración en primera persona —casi siempre en primera persona— con algo de distanciamiento, mucha ironía y un puntito de vindicación. Pues esta es la historia de Richard —un alter ego de ti mismo, lector—, un oficinista que sueña con ser una estrella de la música, quien sin saberlo ocupa el apartamento de la joven y de cuyas decisiones, muchas veces de lo más inocentes o ridículas, como quedarse o no un sofá que encuentra en la acera, dependerá un futuro brillante o una vida nada halagüeña. Pero también es la historia de Simon, un personaje de lo más desconcertante, talentoso periodista, escritor o detective, bohemio, enamorado de la joven, que ha emprendido una carrera hacia el desastre del que solo la verdad podría salvarle. Entre ambos confluye la sombra de la joven, una obsesión por conocer su pasado y descubrir qué fue lo que la condujo a la muerte. Un misterio que quizá no debiera ser desentrañado, a riesgo de no darle descanso.

La realidad cotidiana, en ocasiones muy cotidiana y fácilmente reconocible, del escenario es altamente moldeable en manos de Bahr, y lo absurdo, lo imposible, cobra visos de autenticidad. Con una arquitectura que fácilmente corría el riesgo de convertirse en caótica, confusa e inestable la autora construye un edificio que a pesar de sus vericuetos mantiene unos firmes cimientos y se eleva con una inimaginada majestuosidad cuando se consigue abarcarlo en su totalidad. Con un ritmo sostenido y ameno que agarra el interés del lector y no lo suelta por mucha extrañeza que la lectura pueda causarle, la narradora, interpela directamente al lector en variadas ocasiones, haciéndole partícipe del juego, convirtiéndolo en un protagonista más embutido en la carne de Richard —no lo llaméis Dick, por favor— y cómplice de lo narrado. En el juego de empatía ninguno de los dos protagonistas masculinos son un dechado de virtudes —y ambos deberán enfrentar las partes más oscuras de su interior, descubriendo sorprendentes revelaciones sobre ellos mismos—, y la protagonista femenina está muerta —bueno, casi siempre está muerta—, así que es difícil meterse en la piel de ninguno de ellos. Y aunque parezca increíble, ese es parte del encanto del libro, que todo funciona a pesar del lío de los posibles futuros y pasados, de las personalidades desordenadas y de la no linealidad cronológica en que están narrados los hechos. Los fantasmas, casi seguro, no están sujetos ya a las servidumbres del tiempo.

Porque esa es otra. La estructura no sólo narra diferentes posibilidades, sino que lo hace sin ordenarlas temporalmente, saltando adelante y atrás, jugando al despiste con las expectativas y las deducciones del lector —¿habéis visto cuántas veces se utiliza la palabra «juego» en esta reseña? Es muy indicativo de lo que es la novela—. El tiempo, el espacio y la realidad del relato son elementos maleables, en absoluto inmutables. Lo mejor es no intentar entenderlo todo desde el principio, no intentar descifrar de buenas a primeras todas las claves ni desentrañar todos sus enigmas, porque quizá no todos tengan respuesta siquiera, ni falta que hace. Hay que dejarse llevar, sumergirse en la historia y bucear entre las contradicciones y las hechos aparentemente imposibles. Vigilar los pequeños detalles, las máquinas de escribir que aparecen o desaparecen, las secretarias que permanecen ante su mesa o quizá ya se hayan ido, los correos electrónicos de desconocida procedencia, las copas que se bebieron o se rechazaron, los polvos que pudieron haber sido o que quizá fueron, los hombres de trajes oscuros… Y, envolviéndolo todo, la ciudad, Los Ángeles, con  todas sus texturas y sus sueños rotos, el estrellato y la muerte cruzándose por las esquinas, gente dedicándose a trabajos nutritivos mientras esperan su gran oportunidad, esa que saben está siempre a punto de llegar, y las fiestas, y la decadencia, y los amores que caben en una botella.

Fantasma es un laberinto, un tanto alucinógeno, formado de encrucijadas, que promete y no promete que si se consigue atravesarlo se terminará sabiendo lo que sucedió en el apartamento de Sarah. Un relato de casa encantada con todos sus tópicos que Bahr se encarga de dinamitar desde bien pronto. Oscuro, explícito, intrigante, repulsivo, atractivo, envolvente, agobiante, sugerente, frustrante, misterioso y sorprendente. Hay que decidir, pero no importa la decisión porque el espíritu que encanta la casa te va a mostrar el resultado de tomar cualquiera de los caminos. Todos son reales, todos son falsos, todos son posibles. Hay que enfrentar una violencia que va más allá de lo físico para trascender lo emocional. No hay respuestas o hay demasiadas respuestas. ¿Importa al fin y al cabo quién mató, si la mató alguien, a Sarah While, cuando la investigación es tan fascinante y llena de posibilidades? El cielo o el infierno te esperan, Richard, porque Richard eres tú, lector, y todo depende de si subes o no a tu apartamento, que era el de Sarah, un sofá abandonado en la acera.

Lo dejas en la acera

o

Lo subes a tu apartamento

De esa decisión puede depender todo tu futuro, los parabienes o las desgracias. En tus manos está.

Lo que no deberías dejar de hacer es leer la novela. Luego puedes odiarla o amarla con locura, sentirte molesto o caer rendido a los pies de la autora, pero el viaje en todo caso, con toda su locura, no habrá sido en vano.


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Redactado por Santiago Gª Soláns para La Caverna del Lector Blog.

Otras opiniones de interés:

Donde acaba el infinito – Por Alexander Páez García 
Boy with Letters – Por Daniel Pérez
Autopsias Literarias del Dr. Motosierra – Por Carlos Montero

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