Gaspar Desencadenado #1

Hoy os traigo algo diferente; hoy no hablaremos de ningún libro ni de ninguna novedad próxima. Hoy, os muestro un relato escrito por mi colega Sergio, quien me lo cedió para publicarlo en el blog tras una breve corrección mutua. Algunos le conoceréis por Elfo Solitario, por sus hilos de opinión sobre sus lecturas en Twitter. Y es que el muchacho tiene potencial, veréis.

Espero que esta historia os guste tanto como a mí. ¡Esperamos vuestros comentarios!

 

Primera_Entrega

 

23 de diciembre. En algún punto de la sierra de Guadarrama.

―Maldito frío. ―El paje se echó el aliento en las manos en un vano intento de calentarlas. No era la primera vez que se quejaba desde que habían llegado. Contempló la entrada del almacén donde tenía lugar la reunión.
―A cualquier cosa le llamas frío ―replicó con sorna el elfo. El cascabel de su sombrero tintineó al compás de una risa desganada. «En el Polo norte te soltaba yo, piltrafilla», pensó, al tiempo que encendía un cigarrillo. Apoyado en el trineo, miraba de reojo al paje con desconfianza. Palmeó el cuello de Rodolfo, que le respondió agitando la testuz. Un rayo de sol se abrió paso entre las nubes y se reflejó en la roja nariz del animal. Le dio una honda calada al pitillo y soltó el humo poco a poco.
A su lado, el muchacho tosió visiblemente molesto. «Como vuelva a hacerlo, se lo apago en un ojo». Se acercó de nuevo hasta los camellos y revisó por enésima vez los arreos. Los jefes tardaban demasiado y eso no era buena señal. Comprobando que el elfo no le miraba, palpó nervioso la culata del arma bajo sus ropajes. Justo en ese momento, se escucharon los primeros disparos.

 

Un rato antes. Interior del almacén.

―Le damos las gracias, señor Pérez, por ofrecer esta base como punto de encuentro neutral.
El ratón agradeció la deferencia de Melchor con un cabeceo y se ajustó las gafas. Pérez había recibido a sus invitados con chocolate caliente y unos churros. Habían comido en un ambiente que intentaba pasar por distendido. Pero poco a poco las conversaciones intrascendentes fueron muriendo hasta que un incómodo silencio se apoderó del lugar.
Estaban en un almacén repleto de contenedores, con miles de dientes en su interior. Pérez había dispuesto la mesa con los tres reyes a un lado, Santa Claus al otro, y él ejerciendo de mediador. Melchor se acariciaba la tupida barba blanca mientras pensaba en las palabras adecuadas para exponer el asunto que los había llevado allí. Gaspar movía una pierna nervioso y entre resoplidos. Baltasar no le quitaba ojo a Papá Noel, que estaba repantigado tranquilamente en su silla.

―Pues vosotros diréis, porque nos podemos tutear, ¿verdad? ―les dijo el escrutado, con las manos cruzadas sobre su enorme panza. Meditaba si coger otro churro.
―Verá, señor Noel…
―Claus, si no te importa ―le interrumpió, sin cambiar de postura―. Y ahorrémonos los ustedes. Estamos entre amigos, ¿eh?
―Verá, señor Claus ―prosiguió Melchor. No pensaba tutearle, él tenía modales―, existe un conflicto de intereses. En nuestro gremio, el respeto es fundamental. Aquí los señores Gaspar, Baltasar y un servidor, somos la guinda de la Navidad. Durante generaciones, los niños han esperado al seis de enero con la ilusión brillando en sus ojos. Con la emoción contenida, aguardando para descubrir qué les habrán dejado junto a sus zapatillas al despertarse…
―Nada de mohosos arbolitos de plástico ―intervino Gaspar. Baltasar afirmó con la cabeza.
―Nada de árboles, sí ―Melchor maldijo entre dientes. Había perdido el hilo de su discurso.
―¿Puede ir al grano, señor Melchor? Estamos a veintitrés de diciembre y mañana voy a tener un día de perros. ―Santa Claus se quitó el gorro, tenía mucho calor allí dentro. Y sabía a dónde pretendían llevarle esos tres esperpentos, pero quería oírselo de sus propios labios.
―Esta es nuestra zona, brodel, y no consentimos que vengan a jodelnos ―respondió Baltasar apoyándose sobre la mesa. Gaspar se reclinó en la silla, ocultando sus manos en las mangas de la túnica. Melchor puso los ojos en blanco. Era un resumen muy acertado, pero qué falta de diplomacia, por amor de Dios.
―¿Más chocolate? ―se apresuró a preguntar Pérez, intentando romper la tensión. Ninguno de los presentes le hizo caso. Santa Claus soltó una profunda carcajada.
―¡JOU, JOU, JOU! ¿Y qué culpa tengo yo de que los niños me prefieran a mí? ―Se secó el sudor de la frente con el gorro―. Lógico por otra parte. Yo les dejo sus regalos al principio de las vacaciones y así pueden jugar con ellos más tiempo. Y por favor, no insulten mi inteligencia comparando verdes y frondosos abetos con sus apestosas zapatillas.
―Señor Claus, es altamente inapropiado… ―intentó decir Melchor, pero Santa Claus no le dejó terminar.
―Mírense. Ustedes son el pasado, en cambio yo…
―¡Que te jodan, gordo cabrón! —Gaspar no pudo resistir más tiempo. Se incorporó derribando la silla y sacando las manos de sus mangas. Sujetaba un revólver en cada una.
Al tiempo que Gaspar se preparaba para disparar, Santa Claus empuñó una escopeta de cañones recortados salida de la nada. «Para estar tan orondo», apreció Melchor, «se mueve rápido el muy capullo». El Rey Mago abrió fuego primero y la bala atravesó el hombro derecho de Claus. Brotó la sangre y le desequilibró lo suficiente para que su disparo se desviara. Donde, hasta hacía unos segundos, se sentaba un ratón, ahora sólo quedaba un manchurrón de sangre y restos de la montura dorada de unas gafas. Melchor echó cuerpo a tierra con un grito, mientras Baltasar desenfundaba su revólver de la bota. Santa Claus arrastró la mesa en su caída, desparramando por el suelo los churros que quedaban, las tazas y la jarra de chocolate hechas añicos. Gaspar le acribilló hasta que se quedó sin balas.
Cuando el sonido de los disparos dejó de reverberar en el almacén, Melchor se atrevió a levantar la cabeza. Vio el cuerpo despatarrado de Papá Noel, la sangre se confundía con el rojo de su traje. Gaspar y Baltasar se acercaron con cautela.
―Aún respira, el hijo puta ―se sorprendió Gaspar. Sin mediar palabra, Baltasar apoyó su arma contra la frente del moribundo y apretó el gatillo.
―A tomá pol culo.

Exterior del almacén. 

Tanto los camellos como el reno de roja nariz, se agitaron y berrearon cuando sonaron los primeros disparos. El paje echó mano de su arma con rapidez y apuntó al elfo, que intentaba esconderse tras el trineo. Sus dos primeros disparos impactaron en la madera. Rodolfo se asustó y echó a correr espantado, con un repiqueteo de cascabeles. La huida del animal dejó sin cobertura al elfo, que en ese momento desenfundaba una pistola guardada bajo el sobaco. El paje disparó. El elfo, también. Una bala atravesó la cabeza del elfo. Otra bala, el pecho del paje. Ambos estaban muertos cuando los tres Reyes Magos salieron del almacén camuflado en una montaña.
―Era un buen muchacho ―suspiró Melchor, cerrando los ojos sin vida del paje.
―Ya me jode por el ratón Pérez ―comentó Gaspar, rascándose la cabeza con el cañón de su revólver. Empezaba a nevar―. ¿Quién se va a hacer cargo ahora de los putos dientes?
Los tres reyes subieron a sus camellos. Tomaron las riendas y volvieron grupas. Se alejaron en silencio, acompañados por el silbido del viento. Poco a poco, la nieve cubrió las huellas de las monturas. Y, más tarde, los dos cadáveres. Juntos, en una tumba blanca y helada.